El ocaso de la democracia liberal

Vivimos en una época en la que lo que antes era incuestionable comienza a tambalearse con fuerza. Ese viejo adagio de que «nada está escrito en piedra» nunca ha sido tan palpable como ahora, especialmente en lo político. Para quienes alguna vez creímos en los pilares de la democracia liberal como la cúspide del desarrollo social, el presente ofrece una desilusión creciente. Peor aún para quienes nos enseñaron en las aulas que era un sistema que venía de Atenas antes de Cristo. Aquellos principios que parecían ser la promesa inevitable de un orden global basado en la razón, la equidad y el respeto por los derechos individuales, hoy están bajo asedio desde múltiples frentes, erosionados desde dentro y desafiados desde fuera.

La democracia liberal, ese sistema que por décadas fue el modelo a seguir en occidente y se ha intentado expandir al resto del planeta, está siendo abandonada, y no precisamente por imposición de fuerzas externas o autoritarias, sino por decisión de las propias sociedades que alguna vez la adoptaron con entusiasmo. El malestar que se extiende entre los ciudadanos tiene raíces profundas, y la paradoja es que una parte significativa de la crisis que enfrenta la democracia liberal nace de sus mismos logros. En su esencia, esta forma de organización política busca salvaguardar los derechos individuales, preservando la autonomía del individuo frente al poder del Estado. Pero esa misma protección ha derivado en una suerte de hipertrofia del «yo», en la que el espacio privado ha eclipsado el interés colectivo.

El ciudadano moderno, preocupado por la defensa de su esfera personal, parece haber olvidado el concepto de comunidad y el valor del espacio público como lugar de encuentro y diálogo. Este repliegue hacia la protección de lo propio, alimentado por la percepción de amenazas reales y/o imaginarias así como expectativas prometidas no cumplidas, ha generado una creciente desconfianza hacia las instituciones y un vacío que ha sido aprovechado por los movimientos populistas. Tampoco es para culparlos, se observa a diario como las elites se han comprometido con la ciudadanía de llevar adelante cambios que no se cumplen, o dejan las decisiones a instancias burocráticas que pierden toda lógica en su debate. Las personas sienten un abandono, y se abre un espacio.

El populismo contemporáneo, sin embargo, ha mutado y no se parece mucho a lo que nos enseñaron en el pasado. Ya no hablamos de líderes carismáticos que buscan el poder a través de golpes de Estado o revoluciones. Ahora, el populismo se disfraza de muchas formas y se adapta a cualquier contexto, un camaleón que se pone el disfraz que le acomode al momento. Pueden ser de izquierdas o de derechas, y a veces ni siquiera se molestan en definirse.  Su única constante es la promesa de rescatar a un «pueblo» imaginario en lo retórico, unificado en su descontento, de las garras de élites supuestamente corruptas o indiferentes.

Lo más inquietante de esta nueva ola populista es que no ataca la democracia desde fuera, sino que utiliza sus propios mecanismos. Las elecciones, antaño el baluarte de la legitimidad democrática, se han convertido en el terreno de juego favorito de estos actores, quienes las explotan con maestría para ganar poder, solo para luego subvertir las reglas una vez instalados. La ironía es evidente: la democracia liberal, con sus valores de apertura y tolerancia, está siendo minada por movimientos que se presentan como sus defensores, pero que en realidad buscan desmantelarla desde dentro.

El auge del populismo no es, sin embargo, un fenómeno aislado. Es el síntoma de una crisis más profunda: la incapacidad de las instituciones democráticas de adaptarse a los desafíos de un mundo en constante transformación. Las tecnologías, las nuevas dinámicas económicas, las potenciales nuevas pandemias, guerras que duran más de lo planeado han dejado a muchos sectores de la sociedad al margen, generando un descontento que encuentra en el populismo una salida fácil. Mientras tanto, los políticos tradicionales parecen incapaces de ofrecer soluciones convincentes, atrapados en estrategias que ya no conectan con la realidad de sus ciudadanos.

Frente a este panorama, surge la inevitable pregunta: ¿ha llegado el fin de la democracia liberal tal como la conocemos? Tal vez no sea el fin, pero ciertamente estamos presenciando un profundo proceso de transformación. Y si algo nos enseña la historia es que ningún sistema político es eterno. Lo que alguna vez fue impensado hoy parece una posibilidad latente: que el mundo busque nuevos modelos para organizarse, dejando atrás un ideal que, durante mucho tiempo, fue considerado incuestionable.

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