Con el entusiasmo de convertir el voto voluntario en obligatorio, Chile no solo reformó su sistema electoral: activó una transformación silenciosa en la base misma de su democracia. Durante décadas, amplios sectores de la población optaron por mantenerse al margen de la política formal. Hoy, por mandato legal, han sido empujados a las urnas, revelando un nuevo electorado que el sistema aún no sabe cómo interpretar ni incorporar de manera efectiva en su narrativa democrática.
Se trata de grupos que, históricamente, han estado en los márgenes de la política formal: jóvenes, mujeres —en su mayoría jefas de hogar—, y personas de menores ingresos. No son ajenos a lo que ocurre a su alrededor; por el contrario, observan con atención lo que sucede en el país, pero no reconocen en la política una vía de solución. Ven a la política como un espacio ajeno, elitista y centrado en discusiones que poco o nada tienen que ver con su realidad. Para ellos, la representación no ha sido más que una promesa incumplida, y esa distancia no se traduce solo en desinterés, sino en desafección activa: sospecha, rechazo, incluso desprecio.
Esa masa electoral forzada, pero que ahora es decisiva. Son millones de individuos quienes no responden a los incentivos tradicionales. No conectan con programas de gobierno, ni con grandes narrativas partidarias. Al parecer necesitan de mensajes directos, accesibles, y emocionales. No por ignorancia o simplismo, sino porque viven en un presente saturado de urgencias y exclusiones, donde las estructuras políticas parecen diseñadas para otros. En ese contexto, la figura del experto, del técnico, o del político de carrera deja de tener valor simbólico, y se vuelve, incluso, un obstáculo comunicacional.
Esta desafección activa abre la puerta a nuevas formas de conexión política, muchas veces articuladas desde discursos antiestablishment, populistas o de fuerte contenido emocional. En grupos societales marcados por la desigualdad y frustración acumulada, la apelación directa —incluso agresiva— a lo identitario o a la rabia encuentra terreno fértil. La polarización ya no es solo ideológica, es afectiva: se desconfía del otro no por lo que piensa, sino por lo que representa. Y entre quienes nunca se sintieron parte, esa emocionalidad se vuelve política. Estas identidades se refuerzan a través de la percepción constante de exclusión, y encuentran comunidad en el malestar compartido. Así se construye una nueva subjetividad política, más volátil, pero también más atenta y demandante.
Frente a este reordenamiento, hemos tenido ejemplos de códigos tradicionales, apelando a lógicas que daban resultado en contextos más homogéneos. Pero los liderazgos tradicionales, aún bien intencionados, proyectan una forma de normalidad que ya no es compartida. Estos nuevos electorados no tienen apego alguno a esas formas, y no por desconocimiento o incapacidad de comprenderlas, sino porque no les hacen sentido. Asimismo, esta pulsión comienza a expandirse de manera más lenta y silenciosa hacia sectores medios que, aunque alguna vez se sintieron parte del pacto institucional, hoy experimentan una creciente disonancia con su promesa. Muchos de ellos comienzan a reconocer que los instrumentos de la democracia representativa no están respondiendo ni en tiempo ni en profundidad.
A estas nuevas realidades, no se trata tampoco de forzar a la política a respuestas artificiales o cambiar el comportamiento de estos grupos, persistiendo en soluciones desencajadas. El costo de la no adecuación puede resultar alto. No basta con adaptar el mensaje; es necesario repensar las formas de representación y canalización de intereses. Porque estos nuevos ciudadanos no solo dejarán de creer en la política: si no son reconocidos, encontrarán otras formas —más duras, más inmediatas— de hacerse oír. De no reconectar, las personas podrían sintonizar con actores y comportamientos fuera del sistema, alimentando un proceso de fragmentación institucional que ya ha comenzado a manifestarse. Ese proceso no se detendrá solo con retórica ni ajustes cosméticos: requiere una revisión profunda del pacto democrático y de los marcos que le dan forma.

Deja una respuesta
Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.