La corriente del río estremecía las rocas en la orilla, y el silencio era interrumpido de forma abrupta con el rugido constante y casi ensordecedor del cauce. Él sintió cómo el sonido vibraba a través de su cuerpo y notó que el río llevaba mucha más agua que hacía dos años. Se preguntó si la sequía finalmente cedía. Ahora, aquí de pie, le parecía que quizás el tiempo y la corriente lograrían mitigar algo del vacío que lo seguía a todas partes.
El sol no asfixiaba, y la brisa húmeda y fría del valle suavizaba la presencia de sus rayos, calmándolos como un analgésico. Su hija estaba sentada, dándole la espalda, a unos metros de distancia, donde él podía verla y acudir de inmediato si era necesario. Sabía que dejar a una niña de casi dos años jugando sola en la orilla del río exigía cautela, aunque una parte de él llevaba muchos años cansada de cuidar de todo, de tener que prever cada paso y cada caída.
Ella lo miró y sonrió, mostrando su dentadura incompleta. Sentada en un pequeño charco aledaño a la corriente, salpicó agua con sus pequeños brazos. Era el primer fin de semana que salían juntos desde la muerte de Mariel, madre y compañera, cuya ausencia todavía pesaba en el aire. Él la extrañaba todos los días, pero sobre todo de noche, cuando, al acostarse y cerrar los ojos, la cama parecía demasiado grande y demasiado fría. Sabía que su hija no comprendía la muerte, solo sentía la ausencia, así que su tristeza solo surgía en los momentos en que percibía que alguien faltaba en la casa. A su manera, la pequeña intuía el cambio, aunque solo accedía a los restos, a los resabios de la pérdida.
Ella se giró hacia él y extendió los brazos para que la tomara. Él arrojó su cigarro a medio fumar unos metros más allá, pisando la colilla antes de caminar hacia su hija. Su reacción ante el llamado de su hija se había vuelto más veloz, casi instintiva, como si la muerte de Mariel lo hubiera acrecentado un estado de alerta constante. Pese a esto, algunas veces le invadía una incomodidad difícil de explicar estando tan cerca de su hija, una extraña ansiedad que ni siquiera empezaba a entender. Ella giró el cuerpo para mirar hacia el paisaje, en lugar de hundirse en su pecho. En silencio, caminaron hacia la manta que habían extendido bajo la sombra de un álamo, y se sentaron uno al lado del otro, compartiendo los gajos de una naranja.
A Mariel no le gustaban las naranjas. Se quejaba de que hasta el aroma era suficiente para molestarla. Pero los jugos y el ácido de la fruta hicieron reír a la pequeña, que arrugaba el rostro y soltaba una carcajada. Él observó la escena y, por un instante, sintió un vacío seco, una distancia extraña y dolorosa. El miedo lo invadió, un miedo que el rostro de su hija, cada vez más parecido al de su madre, le recordaba cada día. ¿Y si él no había sido capaz de ver a tiempo los llamados de auxilio? ¿Y si había habido señales que nunca comprendió?
Los pensamientos lo acompañaron mientras recogía a la bebé y caminaba con ella hacia el auto. Durante el trayecto de vuelta, él condujo en silencio, observando cómo la luz del atardecer llenaba el camino, mirando cada tanto por el espejo retrovisor para comprobar que la niña se entretenía con su peluche viejo y percutido. Al llegar a casa, la colocó en su cuna y la observó dormir, enroscada en una pequeña bola que parecía, de algún modo, fuera de su alcance. Soltó todo su aliento en un suspiro y salió de la casa.
Como ya era costumbre, se paró en un rincón de su jardín y prendió un cigarro. Desde ese lugar podía escuchar el ruido de un pequeño canal que se encontraba en alguna casa varios metros más allá. Dió una quemada, miró al cielo y liberó el humo recordando las noches en las que él y Mariel contemplaban el cielo estrellado, que en este rincón del mundo casi nunca se veía despejado. Un estremecimiento lo recorrió, y volvió a la casa.
En los días que siguieron, el padre y su hija visitaron el río varias veces más, como si en esos viajes él intentara encontrar algo que le devolviera la calma. Cada tarde, mientras ella jugaba en la orilla y reía con los reflejos del agua, él pensaba en todas las palabras no dichas. Una tarde, en uno de esos momentos en que el río parecía abrazarlo con su rugido, él se sentó en el charco junto a su hija y la miró durante varios minutos. Sintió que algo se quebraba dentro de él. Sin cerrar los ojos, le pareció ver a Mariel en el lugar donde se suponía estaba su hija, mirándolo en silencio. No sabía cuánto tiempo había pasado contemplándola cuando finalmente la niña lanzó un grito pidiendo atención. Cuando recogió a su hija y la cargó hacia el auto, el silencio ya no le pesaba tanto.
Esa noche, cuando se acostó, no quiso dejar a la bebé en su cuna. Juntos, la cama parecía menos vacía. El río seguía fluyendo, como una canción lejana, y sintió que, de alguna manera, la corriente se había llevado un poco de su dolor. No todo, pero quizás lo suficiente para permitirle empezar de nuevo.

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