Cuando Moisés subió al Monte Sinaí llamado por Yahveh, el pueblo de Israel, cansado de los siglos de esclavitud y del tiempo que demoraba el profeta en bajar, decidieron que era tiempo de tener otros dioses por lo que fabricaron un Becerro de Oro al cual adorar…
… ahora, más allá del precio que tuvieron que pagar por ese acto hereje (40 años vagando por el desierto hasta que la generación pecadora desapareciera), lo que hizo el pueblo de Israel puede ser extrapolado hasta nuestros tiempos sin necesidad de creer o no en algún dios.
Como ya sabemos que los dioses han muerto (ver publicación del 26 de enero pasado), no nos queda más que confiar en lo mundano. Llevar nuestras prácticas de fe a quienes están llamados a representarnos.
Y es ahí que cuando esos liderazgos demoran en atender nuestras expectativas, que, no son menores pues hablamos de mínimos dignos, como ciudadanos comenzamos a mirar a otras y otros “salvadores”.
Y como no es necesario pasar joyas para fundirlas y crear un becerro de oro, aparecer esos mesías que vienen a ofrecerse ellos mismo brillando.
El mesianismo tiene claro que con populismo y asistencialismo brutal pueden alcanzar puestos de poder y desde ahí hacer y deshacer a su antojo. El asunto es que la historia ha demostrado que una sociedad no funciona siguiendo a una sola persona, pues, por más buena que sea, si esta se equivoca, se derrumba todo lo que sostiene.
Imagínense si además ese mesías es un líder déspota y narcisista. Quienes sufran las consecuencias serán sus seguidores, ya sea a través de un suicidio colectivo, o por el precio a pagar por un ensayo de políticas económicas que afectan siempre al que no tiene la espalda financiera para soportar las crisis.
Y así nacen los dioses tiranos, los que pueden llegar por “llamado popular” o por las urnas, todo porque alguien se demoró en un cerro 40 días y 40 noches apelando a que la fe alimentara la esperanza de quienes seguían esperando luego de 430 años de esclavitud.
Tengo clara la metáfora religiosa de seguir a una deidad, pero en el barro mundano es fácil castigar al postergado cuando no se tiene nada que perder con las cuentas corrientes repletas de incentivos para coimear al becerro de turno. Por eso, desde el Estado hasta el líder de un club de barrio deberán entender que si no cumplen con sus compromisos a tiempo, serán reemplazados por una imagen dorada que le haga creer a sus seguidores, ni siquiera que haya dado muestras de cumplir, que tendrán solución a ese sufrimiento sempiterno.

Deja una respuesta
Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.