Entre la Renovación y el Populismo

Este fin de semana, sábado y domingo, volveremos a las urnas. Tras más de diez procesos electorales en los últimos cuatro años, el desgaste en la ciudadanía es evidente. A esto se suma el comportamiento cuestionable de nuestra élite política, que día tras día muestra actitudes poco acordes a sus responsabilidades, poniendo en entredicho la legitimidad de los actos electorales. ¿Qué deberíamos observar esta vez?

Desde una perspectiva ideal, es posible entender mejor esta crisis de confianza y representatividad. ¿Volverán a triunfar los independientes? Desde la última elección municipal, el número de alcaldías independientes se ha duplicado. Si bien los partidos políticos han intentado contrarrestar este fenómeno integrando a personas sin afiliación, surge la pregunta: ¿será suficiente? El creciente malestar, la desafección generalizada y el voto obligatorio en muchos casos podrían llevar a un aumento masivo de votos nulos y en blanco. Además, los votantes se enfrentarán a candidaturas de figuras aún desconocidas, como consejeros y gobernadores regionales, cuyas actuaciones este año han estado marcadas por casos de colusión para beneficiar a allegados. Este contexto podría desembocar en una «explosión social electoral», reflejada en un alto número de votos sin una alternativa clara.

Sin embargo, a pesar de este panorama desfavorable para la institucionalidad tradicional, es importante observar lo que ocurre dentro de esos mismos actores. Nuevas etiquetas partidarias han emergido, como el Partido Republicano, el Partido Social Cristiano, el Partido de la Gente, Amarillos y Demócratas, entre otros. Esta elección podría mostrar si estos partidos se consolidan como opciones serias: los primeros desafiando a la derecha tradicional de Chile Vamos, y los segundos, buscando ocupar el lugar de un cada vez más debilitado Partido Demócrata Cristiano. Es probable que los republicanos y socialcristianos pongan en aprietos a sus competidores y logren victorias en algunos territorios, incluso alcanzando un segundo lugar en regiones como Biobío, lo que les permitiría negociar en las segundas vueltas regionales y consolidarse como actores clave. Por su parte, los Demócratas podrían mantener su presencia en regiones donde ya cuentan con representación parlamentaria, como Coquimbo, Maule, Biobío y Aysén, afianzándose en el escenario político territorial.

En cuanto al Frente Amplio y su relación con la izquierda tradicional del PS-PPD, ya hemos sido testigos de ese proceso en 2021, cuando comenzaron a ganar espacio en comunas importantes como Ñuñoa y Maipú, y en regiones como Valparaíso y Tarapacá. En este caso, podríamos estar presenciando la consolidación de un reemplazo definitivo.

Este contexto también abre la puerta a otros temas como el populismo y el extremismo. La literatura sugiere que las condiciones en Chile son propicias para el surgimiento de populismos, aunque no necesariamente en la forma clásica de liderazgos como el de Hugo Chávez. Los populismos contemporáneos son más sofisticados: participan en elecciones democráticas y adoptan las ideologías que mejor les convienen. Desde una mirada crítica a nuestra élite política actual y sus posibles relevos, podemos identificar rasgos de extremismo y simplificación en sus propuestas. Aunque Chile ha sido tradicionalmente visto como una excepción en la región, hoy muestra signos de deterioro en la calidad de su actividad política, lo que crea espacios para liderazgos vacíos, centrados en la popularidad de corto plazo y con poca capacidad para lograr acuerdos mínimos.

Sacar conclusiones definitivas en este escenario es arriesgado, e incluso irresponsable. Ni aquí ni en el resto del mundo es posible prever el futuro con certeza; es preferible centrarnos en comprender el presente antes que especular sobre lo que vendrá. Lo que estamos presenciando en Chile es un reflejo de un fenómeno global de desgaste de las democracias representativas y la búsqueda de nuevas formas de participación política. El aumento de candidaturas independientes, la fragmentación de los partidos tradicionales y el surgimiento de nuevas agrupaciones partidarias son síntomas de un cambio estructural en el sistema político. Este proceso, aunque lleno de incertidumbres, no es necesariamente negativo: puede conducir a una renovación del pacto social y a una mayor pluralidad de actores en la toma de decisiones. Sin embargo, el riesgo es que este reacomodo dé espacio al populismo y al extremismo, que, si no se gestionan adecuadamente, podrían erosionar aún más la confianza en las instituciones democráticas. Ante este escenario, el desafío para Chile será mantener un equilibrio entre la renovación y la estabilidad, evitando caer en las dinámicas de polarización que han afectado a otros países de la región.

 

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