En el sistema político chileno, durante décadas fueron escasas las figuras que se presentaban como contestatarias y antiestablishment vinculadas al populismo. Ese espacio parecía reservado a expresiones de izquierda radical, muchas veces vistas como excentricidades sin mayor proyección. Pero eso cambió con la irrupción de Franco Parisi, quien encaja de forma quirúrgica en la definición de populismo que plantean con claridad diversos autores.
En primer lugar, distintos autores, entre ellos Cas Mudde y Cristóbal Rovira, definen el populismo como una ideología delgada. Es decir, una ideología que no ofrece una visión coherente del mundo, del Estado o de la economía, sino que se adhiere de forma instrumental a demandas según la coyuntura, sin preocuparse por la coherencia. Parisi se autodefine como un político “de centro”, apelando a una transversalidad que busca interpelar a quienes no se identifican con los polos ideológicos. Sin embargo, esa etiqueta es más retórica que real: en la práctica, muchas de sus posiciones son radicales y se alejan del pluralismo moderado. Este tipo de ideología —flotante, pragmática y flexible— le permite conectar con diversas sensibilidades sin necesidad de sostener un marco programático sólido. Parisi toma lo que resuena emocionalmente en su electorado y lo convierte en bandera, sin someterlo a debate ni a consistencia doctrinaria.
En segundo lugar, aparece la construcción del pueblo como una entidad moralmente superior, dentro de una lógica binaria. Parisi articula su relato en torno a “la gente común”, “la clase media” y “los emprendedores”. Esta categoría, homogénea y victimizada, se presenta como traicionada por los partidos tradicionales y la elite. No hay matices ni tensiones internas en ese pueblo: es una unidad emocional que se opone a “los otros”, los que pertenecen o defienden el sistema. Esta narrativa es un potente aglutinador simbólico, que divide el campo político entre un “nosotros” representado por Parisi, y un “ellos” asociado a la élite y al poder.
En tercer lugar, su discurso se sostiene en un antielitismo estructural. Parisi no solo critica al poder tradicional: busca deslegitimarlo. Bajo esta lógica, él se presenta como protector del pueblo frente a enemigos que son, no simplemente adversarios con otras ideas, sino actores inmorales: abusadores, corruptos, contaminados. La crítica política se reemplaza por una división moral profunda, donde el debate racional cede ante una emoción polarizante. Parisi encarna un liderazgo directo, donde utiliza un lenguaje coloquial y despectivo hacia sus oponentes, reforzando la cohesión de su base con ataques personalizados y simplificaciones.
En cuarto lugar, y aún más inquietante, está el antipluralismo que subyace en su relato. Franco Parisi no reconoce la legitimidad de quienes no piensan como él: sus oponentes no son solo rivales políticos, sino enemigos del pueblo. Incluso los ciudadanos que lo critican son tratados como traidores, o bots. Esta visión binaria no deja espacio para la pluralidad legítima, al final, el populismo no admite adversarios, solo enemigos morales.
A todo esto se suma la dimensión organizacional. Parisi no lidera un proyecto colectivo clásico. El Partido de la Gente (PDG) gira completamente en torno a su figura, y su sistema de comunicación se articula a través de plataformas digitales que él mismo controla. Aunque el PDG logró un buen resultado parlamentario en 2021, hoy carece de representación legislativa efectiva, en parte porque su estructura es débil y personalista. La emisión de sentido político ocurre en espacios como Bad Boys, donde se mezclan análisis, ataques y entretenimiento, todo al servicio de su posicionamiento. Su liderazgo es carismático, personalizado y desintermediado: él interpreta y transmite la voluntad del pueblo, sin necesidad de programas, instancias deliberativas o procesos internos.
Franco Parisi es, en definitiva, un caso de populismo de manual. No en sentido peyorativo, sino como categoría analítica: representa con claridad una ideología delgada, moralista, antipluralista, antielitista y personalista, que busca capturar la voluntad general mediante el atajo emocional. A pesar de presentarse por tercera vez a una elección presidencial, y de no ser atractivo para sectores tradicionales o elites, su figura sí conecta con un electorado amplio que se siente obligado a participar en noviembre, muchas veces más por enojo que por convicción.
Esa masa crítica de votantes desencantados, que se siente desconectada de las prioridades del sistema, encuentra en Parisi un vehículo de expresión emocional. Aunque está lleno de contradicciones, su carisma y su lenguaje directo le permiten camuflarlas hábilmente. Y es precisamente ahí donde radica su riesgo: ya no es una figura pintoresca. Es un liderazgo que, por su lógica, puede volverse nocivo e incluso riesgoso para la democracia liberal.

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