Me explicaron hace un tiempo la diferencia en el uso de las palabras propaganda y publicidad, en el mundo del marketing.
La primera se utiliza en el ambiente político o, generalizando, cuando se busca captar adeptos, como lo pueden hacer también algunas religiones. La segunda es de uso comercial para que un producto o servicio sea más atractivo y nos tentemos en adquirirlo.
En resumen, una no conlleva(ría) intercambio de dinero, la otra sí.
Pero la realidad nos muestra que su equivalencia es más de conceptos hermanos, que la de parientes en tercer grado de consanguineidad, pues hasta la RAE las presenta como sinónimos bastante cercanos.
Recuerdo muy bien la historia de las tabacaleras que hicieron lo imposible para esconder los efectos nocivos a la salud que provoca fumar, poniendo en sus comerciales, a comienzos del siglo XX, a vaqueros muy masculinos, personas disfrazadas de médicos e incluso caricaturas de niños fomentando el consumo en sus padres.
En mi cabeza rondará para siempre como la publicidad pasó a ser un medio para mostrar lo mejor de un producto, a buscar todo medio para que la verdad no sea lo principal a comunicar. Y así con tanta herramienta que nace con un fin y termina siendo manipulada para cosas espurias, o si no, pregúntenle a Alfred Nobel.
¿Será por eso que en política prefieren usar la palabra propaganda? No se vaya a confundir con la publicidad de productos para la salud que venden en la televisión por cable en donde la propia FDA de Estados Unidos las avala, no importando que vivamos en Chile o en Perú (y apúrense, pues si llaman pronto se llevan 3 por el precio de 1).
Así y todo, la legislación chilena cuenta con un nivel de protección para el consumidor que podrá ser discutible, pero existe. En cambio, ¿quién responde por la propaganda engañosa de las campañas políticas? ¿O por el ejercicio inmoral de la “profesión”?
Ya vemos cómo hoy hay que desaforar a un Diputado, por ejemplo, para buscar probar si cometió algún ilícito y pensar recién en algún tipo de remoción, mientras ese mismo fuero le permite reinventar hechos históricos bajo el pretexto de que son opiniones, o claramente no cumplir con lo prometido en campaña pues la culpa es de otros que no aprueban sus proyectos de ley.
Que decir de la asistencia mediocre o no presentar proyectos de ley.
Siguiendo en ese mismo espacio, la Comisión de Ética se compone de miembros de ese mismo estamento, o sea entre ellos evalúan sus comportamientos morales.
Pasemos a los Municipios. Si el Concejo tiene poco poder para evitar el desfalco interno de una máxima autoridad, como ha quedado demostrado en los últimos años, imagínense a una vecindad con menos peso político y menos recursos económicos.
Es por esto que elegir a alguien que nos represente no es menor.
Esto pues, por más que le digan propaganda, el precio a pagar por elegir mal sí existe y puede ser mucho más costoso que un televisor de 50” o el último celular con la mejor cámara. Elegir mal, puede redundar en mala educación y mala salud, lo que al final es mala calidad de vida.
Pues no elegimos productos y servicios, sino que votamos por sueños, que pueden o no cumplirse, dependiendo del nivel de honestidad política del conjunto de quienes nos van a representar.
Más aún en un país en donde aún se mide todo según datos del capital y por lo tanto nos miran como clientes, no como ciudadanos.
Más aún cuando se está enarbolando la bandera de la libertad como si fuera otra campaña de publicidad…
…perdón, de propaganda electoral.

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